martes, 5 de enero de 2010

ARTÍCULO NO PUBLICADO

EL BURRO

C
on su paciencia, parquedad, tozudez y terquedad, el burro ha sido la imagen representativa de la España rural.

Aunque era el dueño y señor del camino, se mostraba humilde y silencioso cuando al caminar por las carreteras lo hacía ciñéndose a su estrecho arcén, como si fuese consciente de que las máquinas que rodaban por estas vías terminarían por arrinconarlo, por condenarle, casi, a la desaparición.

Nunca se negó al duro trabajo. Fue mudo al quejido, frugal en el comer y resistente a la sed. Por eso, la forma silenciosa con que se encaraba al esfuerzo hacía que sus más de trescientos kilos cayeran pesadamente al suelo cuando la carga sobrepasaba su capacidad de resistencia.

La imagen del labrador, la imagen de nuestros pueblos, ha cambiado. Aquellas retahílas de borricos cargados de sacos de aceitunas, haces de trigo o cántaros de agua han sido sustituidas por el ruidoso tractor. La mula mecánica y la trilladora nos han privado de contemplar su silueta cansina tirando del arado y de escuchar sus fatigados pasos en la era, describiendo interminables círculos bajo un sol abrasador y ante el animoso canturreo y las jaleantes voces de quien, como él, también estaba curtido en la austeridad y en el trabajo.

Su origen egipcio se pierde en el tiempo. Engendrador de mulos y burdéganos, nunca se le agradeció suficientemente su fidelidad al hombre. Lo daba todo por poco, por casi nada, y ahora se va callado hacia la extinción, sin ruido, diríase que, para no molestar, en su último caminar se ha quitado las herraduras.

El burro se acaba. Y ahora, cuando está próxima su agonía, nos enteramos de que en España teníamos cuatro razas diferentes de borricos que, hace cien años, suponían un total de 713.737 orejudas cabezas. Todas ellas han visto como, en un corto período de tiempo, y de forma alarmante, ha disminuido su número de individuos. Ciñéndonos a nuestro querido y añorado burro andaluz, parece que de su, en otro momento, incalculable cantidad de ejemplares sólo quedan algo más de medio centenar.

En otros tiempos el asno fue muy importante, prueba de ello es que nuestro premio nobel, Juan Ramón Jiménez, inmortalizó su figura con aquel Platero de algodón y Cervantes hizo lo propio con el sufrido asno de Sancho Panza, pero, además, fue al pollino a quien le cupo el honor de llevar sobre sus espaldas al mismísimo Jesucristo
¡No hay dudas! Hasta no hace muchos años, el burro jugó un papel muy importante.
Pero su mayor trascendencia la desempeñó trabajando en nuestros campos, por eso, desde estas líneas, rindo homenaje a todos aquellos orejudos jumentos, de ojos saltones, cara acartonada y triste mirada que con sus lomos cargados de haces de cebada constituían, en aquellos mis lejanos años infantiles, el leitmotiv de nuestra espera en las tarde veraniegas para, en veloz carrera y, en algunos casos, sorteando el palo del arriero, coger un puñado de espigas de cebada que después, hábilmente, comíamos sentados en el umbral de una puerta.
José domínguez Valonero

sábado, 5 de diciembre de 2009

LA CALLE

La calle ha sufrido una profunda transformación en los últimos treinta años. El cambio no sólo ha afectado a su propia estructura, sino al modo y posibilidades de circular y de permanecer en ella.

En el aspecto estructural, se ha pasado de unas calzadas empedradas, con aceras levemente marcadas, a unas calles de asfalto o de cemento con clara separación entre el espacio reservado al peatón y el de circulación de vehículos. Antes, no había espacio restringido para las personas, que podían disponer de toda la anchura de la vía. El firme era el apropiado para el paso de las caballerías y de los viandantes, pues el empedrado evitaba los resbalones y el barro que, de otra forma, se habría formado en caso de lluvia.

Este tipo de firme, el empedrado, que se hizo en Encinasola por aportación personal allá por los años 1920, supuso en su momento un gran avance y su construcción constituyó un enorme esfuerzo por la selección, el acarreo y la ordenada colocación de esta enorme cantidad de cantos rodados.

En los años cincuenta se inició en Encinasola la sustitución del empedrado por el asfalto. La calle de la Fuente fue la primera que experimentó esta transformación, mediante la cual se sentaron las bases de lo que sería el nuevo concepto de vía urbana, pues tras las obras quedaron claramente delimitados los espacios. El coche se imponía sobre el peatón, arrebatándole la mayor parte de la calle, limitándole la posibilidad de hacer uso de ella como si se tratase de una continuación de su propia casa.

En este proceso, el más perjudicado fue el niño que hasta entonces había crecido en la total permisividad y libertad callejera, pues era en las vías públicas donde correteaba, jugaba al corro, a la pelota, saltaba a la comba, jugaba a los bolindres, lanzaba el repión y cometía las pequeñas diabluras propias de su edad.

El niño salía de casa y permanecía en la calle todo el día, excepto el tiempo reservado para las comidas. Por la tarde, la señal para regresar a casa la daba tío Francisco “el de la luz” cuando encendía el alumbrado público. Esta forma de crecer era notablemente diferente a la actual, o al menos era distinta de como ahora se desarrollan los niños en las ciudades y en los pueblos, pues, por la intensidad del trafico que actualmente soportan las vías, los pequeños se ven privados de la libertad de antaño, permaneciendo la mayor parte del día encerrados en casa, controlados totalmente por los mayores o absorbidos por la “caja tonta”, la tele. Esta forma de crecer les quita independencia, les hace más dependientes de sus padres y parece como si por esto les costase un poco más valerse por sí mismos.

Durante el verano, al atardecer, las familias se sentaban a la puerta de sus casas a “tomar el fresco” y los jóvenes montaban el paseo en la calle de Sevilla, sin que los vehículos molestasen a unos y a otros. Hoy apenas se pasea por las calles y “tomar el fresco” es cada vez más difícil. La calle, en definitiva, ha visto perder su papel de medio comunicador.

Reconozco que la edad nos hace nostálgicos y tal vez por esto es por lo que tengo la esperanza de que en Encinasola se dejen algunas de sus calles con el firme de piedra. Con esto quedaría una evidente muestra de cómo ha sido el aspecto del pueblo durante la mayor parte del siglo XX y, de paso, se rendiría homenaje y se reconocería el enorme esfuerzo de aquellos que con su trabajo cambiaron la fisonomía del pueblo haciendo, mediante el empedrado, que sus polvorientas y embarradas calles dieran paso a unas vías limpias y transitables en todo momento. Esto, la conservación del empedrado, es lo que se ha hecho en otros lugares y hoy esas calles que se han respetado constituyen un motivo de curiosidad para los ojos del que sólo ha conocido el asfalto. Todo ello a pesar de la dificultad que las piedras pueden suponer para los desacostumbrados pies de los caminantes de “llano” y del ruidoso y traqueteante circular del coche.

“El Picón, Núm. 6. Febrero 2000

jueves, 5 de noviembre de 2009

ARTÍCULO NO PUBLICADO


EL APAÑIJO

E
l joven va lentamente despertando de su sueño, desperezándose y con los ojos semientornados, trata de evitar que le hieran los rayos de la débil lámpara que pende del techo de la habitación. Fuera, en el corral, una palangana y un cubo de agua, a veces helada, le esperan para que, con el torso semidesnudo, realice el diario rito de un rápido y sencillo aseo personal.

En la cocina, su madre ha encendido el fuego, en el que está chisporroteando el aceite, presta a que en ella se frían las rebanadas de pan que van a constituir la base del desayuno, que se completará con una taza del negro líquido obtenido de la ebullición, en un puchero de barro, de unas cuantas cucharadas de cebada tostada a las que, ostentosamente, se les llama café.

El tiempo justo de terminar el desayuno y empiezan a oírse las llamadas de las caracolas, esas conchas marinas de grandes dimensiones que, convenientemente agujereadas, permiten emitir unos sonidos característicos para cada una de ellas. Esa diferencia entre sus sonidos es lo que posibilita que se distinga cual es la cuadrilla que está siendo llamada.

Al oírse la caracola correspondiente se coge la talega con el almuerzo, normalmente compuesto por pan, tocino, chorizo, tortilla y alguna pieza de fruta. Se reúne la cuadrilla y, aún de noche, se inicia la larga caminata para encontrarse en el olivar al despuntar el día.

El proceso para recoger las aceitunas es simple. Los vareadores se encargan de echar el fruto al suelo, vareando u ordeñando, y los demás, principalmente mujeres y jóvenes, se encargan de recogerla, lo cual se hace directamente de la tierra o, en otras ocasiones, se recurre a extender unas lonas que facilitan el trabajo.

El frío es tan intenso que en ocasiones es necesario confeccionar unas especies de dedales con cáscaras de bellota. Con esto se evita el fuerte dolor que se produce en la yema de los dedos al rozar una y otra vez sobre la tierra endurecida por la escarcha.

Se empieza a trabajar entre quejas, maldiciones, sonrisas, risotadas y miradas furtivas entre los más jóvenes ¡de todo hay!

Las mujeres maduras, con el desparpajo fruto de la edad y de la experiencia, se erigen en las cabecillas del grupo y no es extraño que cuando hay un chico jovencito dirijan la ya preparada y premeditada operación de darle los “perros cultos” ¡Menuda broma, eso de los “perros cultos”!

Algunas veces, afortunadamente pocas, surge la tragedia. Una escalera que resbala, la rama de un árbol que se quiebra y un hombre que cae desde lo alto sufriendo la rotura de algún miembro. Al dolor propio de la fractura se une el de las manipulaciones necesarias para subirlo a la caballería que ha de evacuarlo. Una evacuación lenta, penosa y larga que, a veces, incrementa los daños de la lesión de forma alarmante.

Nada de pensar en trasladarlo a un lejano Hospital. Los médicos del pueblo son los encargados de proceder a enyesar el miembro fracturado. Era esta una operación que se hacía valiéndose de la experiencia y de la intuición del galeno. La ausencia de rayos X no permitía saber la posición exacta de los huesos, por esto, no en pocas ocasiones el accidentado quedaba cojo de por vida.

Bien entrada la tarde se da por terminada la faena y se procede a pesar las aceitunas recogidas por cada uno de los miembros de la cuadrilla, pues será este peso el que determine el dinero a pagar a cada uno de ellos.

De regreso al pueblo, aún a pesar del cansancio, se viene entre risas, cantos y comentando los acontecimientos que se han producido a lo largo del día.

Atrás queda la dura jornada, ahora hay que reponer fuerzas para encarar la del día siguiente, si bien aún habrá tiempo y ganas de salir. Los hombres a jugarse al tute, con los amigos, el “botellín de tintorro” y las jóvenes, casadas o no, a preparar la cena. Las salidas de las mujeres sólo estaban justificadas los días de fiesta o para asistir a los actos religiosos. Una regla general que si bien se cumplía para todas las féminas, aún era más rigurosa para las casadas, pues prevalecía la norma que decía: ¡Mujer casada, pata quebrada!

Han pasado muchos años y la situación a cambiado radicalmente, sin embargo, es posible que la forma de recoger las aceitunas no haya sufrido grandes cambios. Me refiero a lo de “varear” u “ordeñar”. Por esto, cuando llegué a la zona de Levante me llamó la atención la forma de recoger las aceitunas, pues allí esa faena agrícola se hace por medio de unas sencillas máquinas que facilitan la tarea.

Para recoger las aceitunas allanan el terreno con la más absoluta precisión. No queda el menor resalte, la tierra queda completamente lisa. Una vez la aceituna en tierra pasan un rodillo lleno de alfileres que van recogiéndolas. Al girar el rodillo, los alfileres pasan por un largo peine que suelta los frutos, los cuales, por medio de una tobera entran en un saco.

José Domínguez Valonero

domingo, 25 de octubre de 2009

ARTÍCULO NO PUBLICADO
TODOS LOS SANTOS

El que cada año, a finales de octubre, las familias se desplacen al cementerio cargadas de cal, esmalte, purpurina y demás materiales y enseres para acicalar los nichos de los que se marcharon para siempre no es una costumbre que haya variado, lo que sí ha cambiado es la forma de desplazarse. Ahora se hace en coche y antes a pie.

Antes el camino era pesado, más por los cachivaches que se transportaban que por la distancia que había que recorrer, de aquí que en la cuesta de la Valonera se hiciese un alto para reponer fuerzas.

En esa época del año la maduración de las bellotas está muy avanzada y ese descanso se aprovechaba por la gente menuda para saltar las paredes de las cercas situadas junto a la carretera y subirse a las encinas para saborear algunas bellotas que, aunque en esas fechas aún están algo amargas, se degustan con satisfacción por ser las primeras del año.

En el recorrido era raro cruzarse con algún coche, en cambio sí era normal el encuentro con el peón caminero que se esforzaba en cubrir con paladas y esportonadas de tierra la almendrilla de la carretera. La almendrilla, unas troceadas piedras sobre las que muchas veces me he preguntado si su finalidad no sería dificultar el paso de los vehículos, pues puedo dar fe de que este objetivo lo cubría de maravilla, pues rodar a 20 ó 25 Km. por hora era toda una proeza, ya que el volante del vehículo vibraba espectacularmente, las piezas del coche se desajustaban y, con su ruidoso traqueteo, parecía que se avecinaba el desarme de todas ellas de un momento a otro.

La llegada al camposanto exigía silencio y recogimiento, de aquí que los mayores llamaran la atención a los pequeños, con insistentes siseos, ante el menor atisbo de armar el menor ruido, iniciar carreras o enfrascarse en el juego que más les atraía: saltar de tumba en tumba, ya que su ingenuidad sólo les permitía ver en ellas una interminable serie de pequeños montoncitos que incitaban al salto.

Inmediatamente después de cruzar la puerta, a la derecha, aparece una gran mazorca que señala la tumba de tía Inés “la Ricarda”, y, desde aquí, un recto pasillo conduce a la puerta de la capilla en la que, en lugar preferente, se encuentra un gran crucificado que preside y llena con su presencia todo el recinto. Es un Cristo impresionante ¡Se lo digo yo, que rompía a llorar y gritar, muerto de horror, cuando mi hermano Francisco me cogía en brazos y me forzaba a entrar en aquel pequeño oratorio!

Este majestuoso Cristo me infundía pavor. Aquella cabeza ensangrentada y coronada de espinas me enmudecía. Me sobrecogía la herida del costado, pero lo que poderosamente llamaba mi atención eran los clavos. Aquellos clavos herían mis ojos y, especialmente, el de mayor tamaño, el que, atravesando ambos pies, los mantenía firmemente unidos al madero.

Entretanto, fuera, se completaba la tarea que había motivado la caminata. Se limpiaban y pintaban los nichos, se colocaban flores, se rezaba una oración y, después, se recorría el cementerio. Se efectuaba un lento deambular para localizar la ultima morada del resto de los familiares, de las personas conocidas y apreciadas y las de aquellos buenos amigos que compartieron juegos, trabajo, penas y alegrías.

Se hace tarde y, por tanto, llega la hora de volver a desandar el camino, acompañados de la tristeza que produce el reavivado cariño por aquellos que se fueron para siempre y el recuerdo de los momentos que vivimos junto a ellos, sus costumbres, sus dichos, sus virtudes y esos detalles que en su momento pasaron desapercibidos pero que ahora, cuando nos vemos privados de su presencia, se nos representan muy importantes.

El hecho de que en este viejo culto participen los niños contribuye a que el mismo se transmita de generación en generación. Se trata de una tradición, una creencia, un credo que enaltece al ser humano, pues el respeto a los antepasados es un sentimiento que nos ennoblece y una virtud que nos honra.
José Domínguez Valonero

lunes, 5 de octubre de 2009

ARTÍCULO NO PUBLICADO


NUESTROS ANTEPASADOS

No es necesario insistir en que nuestra forma de vida, con todo lo positivo y negativo que conlleva, es consecuencia de la herencia que nos legaron los que nos precedieron. Refiriéndonos a Encinasola, hemos de decir que fueron ellos los que hicieron su historia, los que fueron dando forma física al pueblo y los que, sin apenas darse cuenta, crearon las tradiciones y configuraron todo lo bueno y malo que Encinasola tiene actualmente. Todo lo actual es consecuencia de la labor de los que han vivido en el pueblo a lo largo del tiempo.

Pero ¿dónde están esos antecesores? ¿donde están sus restos? ¿donde están sus enterramientos?

Hace unos cuantos años, alrededor de cincuenta, se sustituyó el suelo de la iglesia. El piso ajedrezado, constituido por pequeñas baldosas blancas y negras que se despegaban fácilmente y que constituían un pavimento muy irregular, fue retirado para colocar otro formado por losetas de mayor tamaño, las actuales.

Al levantar aquellas baldosas apareció un firme de tierra esponjosa. Los niños lo pasábamos en grande cuando, a escondidas de los albañiles, nos esforzábamos en levantar el pesado pisón de madera y, dejándolo caer enérgicamente contra la superficie, competíamos en ver quien lograba que se hundiese más profundamente.

Era como si el suelo estuviese hueco y, desde luego, algo de esto ocurría, pues fácil fue comprobar que en él había enterramientos, lo cual no es un hecho extraordinario ya que, hasta bien entrado el siglo XIX, la mayor parte de las ciudades y pueblos de nuestra geografía carecían de cementerios, siendo las iglesias los lugares donde encontraban el definitivo descanso los que abandonaban este mundo. Un descanso que se veía interrumpido por las llamadas “catas de iglesia” que consistían en la extracción de los restos depositados en ellas, cuando la capacidad del recinto se agotaba, para así poder seguir cumpliendo con esta función.

Hacia principios del siglo XIX se derribó la primitiva ermita de San Juan para construir un cementerio, que se mantuvo en uso hasta el 15 de Abril de 1933, que es cuando se inauguró el que hoy existe, localizado en la zona de “Caganitos”. Aquel primitivo camposanto, al que a finales del siglo XIX se le adosó en su parte Sur la actual ermita de San Juan, no era muy grande, tenía altas paredes y una cancela de hierro herrumbroso a través de la cual se podía ver su interior, lleno de altas hierbas.

Candelario López, asiduo colaborador de “Ecos de Flores”, en uno de sus artículos decía, refiriéndose al momento en que se inauguró el nuevo cementerio, que “los muertos del viejo cementerio estaban mejor atendidos, mejor cuidados los nichos”. Sin embargo, cuando yo lo conocí, en los años 1950, ya nadie lo cuidaba. Nadie limpiaba las tumbas ni siquiera a primeros de Noviembre. Parecía que los que allí yacían no tuviesen sucesores. ¿Cómo pudo olvidarse el pueblo de aquellas gentes? ¡Y mira que estaban cerca!

Este abandono debió de llevar a pensar que si el cementerio se derribaba a nadie importaría, que nadie iba a mostrar la menor indignación o preocupación por ello, pero la realidad fue que cuando la demolición se llevó a cabo el pueblo se sobrecogió. Hubo un estremecimiento general. Encinasola entera se conmovió, una parte se sintió culpable y otra experimentó una indignante impotencia.

Fueron muchos los restos humanos que de allí se sacaron y se procedió a cernir la tierra para evitar que, en aquel lugar, quedase el menor rastro de ellos.

Con la desaparición del cementerio, se perdió la referencia física de aquellos de quienes procedemos. Su derribo tuvo como finalidad obtener un solar para hacer unas viviendas “baratas”, pero el resultado fue desastroso, pues se hizo un gasto cuantioso y, al final, el respeto y la aprehensión que sentimos por los muertos impidieron que aquellas casas fuesen ocupadas y hoy nada queda de ellas.

Desgraciadamente, con este derribo se perdió algo de lo que hoy, que concedemos gran valor a lo antiguo, estaríamos orgullosos de poseer. Seguro que ahora, cada primero de Noviembre, iríamos a cuidar los nichos de nuestros abuelos y sería normal que deambulásemos junto a las tumbas buscando unos apellidos que nos resultasen familiares.

Ojalá que esto nos sirva a los marochos para que valoremos las pequeñas y las grandes cosas que tenemos y que, respetándolas y conservándolas, logremos que lleguen intactas a los que nos sucedan. Pero, además, algo muy importante es que sepamos inculcar a nuestros jóvenes el respeto y el cariño que esas cosas merecen.
José Domínguez Valonero

martes, 15 de septiembre de 2009


MAROCHOS DE TODA LA VIDA

Encinasola ha sido un pueblo agrícola y, por esto, toda la vida de la villa ha girado en torno a nuestro “hombre del campo”. Tradicionalmente, toda la economía marocha se ha sostenido sobre las espaldas de nuestro labrador.

Encinasola ha sido lo que le han permitido ser sus campos. Unos campos que se caracterizan por su aridez y por su bajo rendimiento. Por esto, podemos decir que Encinasola está constituida por 180 kilómetros cuadrados de seca ingratitud. Los campos de Encinasola siempre se han mostrado tacaños a la hora de devolver al paciente y sufrido agricultor los frutos que en ellos deposita.

Mucho sudor, con el que el marocho, a falta de agua, riega sus campos; mucho esfuerzo; mucha esperanza y todo el trabajo que sus músculos pueden dar es lo que nuestros “hombres del campo” ponen en la tierra.

Una tierra que lo exige todo. Una tierra cuya exigencia llega a extremos que no alcanzan a entender aquellos afortunados hombres que viven en otros lugares más agradecidos, pues hubo tiempos en los que su escaso rendimiento no permitía que ninguna mano, por minúscula que fuese, quedara exenta de tener que trabajar en ella. Esto llegó a privar a los más pequeños de la posibilidad de adquirir una mínima cultura, porque la tierra necesitaba que hasta los niños, cuando apenas tenían capacidad para sostener una cesta en la que llevar algún fruto o un palo con el que conducir al ganado, tuvieran que dedicar sus infantiles días a “jugar trabajando”.

Nuestras tierras no han perdonado esfuerzo. Para nuestras tierras todos los días eran de trabajo. Por esto, eso de celebrar los domingos no siempre ha estado al alcance de todos.

Mucho luchar de sol a sol. Mucho soportar el calor y el frío. Muchas noches durmiendo bajo las estrellas, sin más techo que el brillo de la luna. Mucha austeridad: austeridad en el vestir, con aquella ropa de pana que llevaba tal cantidad de remiendos que era imposible conocer cual había sido su color original; austeridad en el comer, con una dieta basada en el gazpacho, los garbanzos, las migas y el tocino.

Este ha sido, este es, nuestro campesino. “Hombre del campo” le ha gustado siempre que le llamaran. Un hombre que nunca renunció a su destino. Un hombre que nunca dejó de querer a su pueblo, a sus tierras. Muchos fueron los labradores que se negaron a correr hacia otras partes. Muchos fueron los que se quedaron “aguantando la vela” de ese barco que se llama Encinasola. Muchos fueron los que se quedaron luchando por mantenerlo a flote..., y lo consiguieron.

No se fueron,... aunque pudieron. No se fueron,... porque no quisieron. ¡No quisieron conocer otros trabajos! ¡No quisieron conocer otros lugares! Y no quisieron conocer otros trabajos ni otros lugares porque Encinasola era, y es, TODO para ellos. Por esto, ellos son los MAROCHOS DE TODA LA VIDA.

Sí, ¡Marochos de toda la vida! Sí, ellos son los Marochos de cada día, los Marochos de siempre. Son marochos de siempre y para siempre; lo que pasa es que nosotros, el pueblo, no lo sabemos. Nosotros, el pueblo, seguimos sin darnos cuenta. ¡Como siempre! ¡No es nuevo! Es tradicional el esfuerzo que tenemos que hacer para reconocer el trabajo y el mérito de nuestros paisanos.

Pero, como afirma el dicho popular, “nunca es tarde si la dicha es buena”. Por esto, hemos de confiar en que algún día seamos capaces de rendir un justo y merecido homenaje a nuestro olvidado HOMBRE DEL CAMPO.

El Picón núm. 26, Abril 2003

martes, 25 de agosto de 2009

LA FIESTA DE ROCAMADOR

El mes de septiembre es un mes mariano por excelencia, pues no hay rincón de España en el que no se celebre una fiesta en honor de Nuestra Señora. En Fregenal e Higuera se celebran las fiestas de la Virgen de la Salud y del Loreto, respectivamente. La noche anterior a la celebración, en estas poblaciones tienen lugar verbenas y actos folklóricos. En uno de estos actos, en el que se celebró en la Higuera, actuó la Academia de Baile “Lola”. Se iniciaron los bailes con una modesta presencia de público, pero no tardó en congregarse una auténtica muchedumbre cuando e puso en evidencia la calidad del conjunto marocho. La mezcla de ingenuidad y gracejo imitativo de las más pequeñas, con poco más de 4 años, unidos a la calidad de las “bailaoras” mayores, que a pesar de contar con sólo 12 ó 13 años se mostraban seguras, artistas y haciendo gala de un poderío avasallador, arrancaron fuertes aplausos a los higuereños.

En Encinasola el día de Roca-Amador fue precedido e la tradicional Novena, en la que destacaron las letanías cantadas que, cada tarde, cerraban estos actos. Los hábiles dedos del padre Hilario hicieron que las notas del órgano volvieran a inundar las altas bóvedas de la iglesia, incrementando la solemnidad y belleza de los cánticos que dirigía José Manuel Hermoso, que es el Alma Mater de todos los acontecimientos que tienen lugar en nuestra villa.

Llegó el día 8 y Encinasola rompió el alba con un Rosario de la Aurora que si bien contó con una asistencia moderada de público, no careció del sabor que tuvo en otros tiempos, cuando los misioneros movilizaban a cientos de fieles que con sus cánticos recorrían nuestras calles.

No faltaron cohetes y el pasacalles musical para dar los buenos días al pueblo. Fue un alegre despertar que nos recordó que estábamos ante un día grande. Un día de esos que siempre han llenado de alegría al marocho.

Por la tarde, el tañir de campanas fue el preludio de la salida del templo de la imagen de Nuestra Señora. Magnífico su paso por la Plaza, teniendo como fondo la silueta de la torre, y conmovedor fue contemplar los ojos de los que, por sus achaques o por el paso de los años, no pudieron acompañar a la Señora en su recorrido y que, para que no se quedasen sin contemplar su rostro, fue la Virgen la que se colocó ante ellos.

La Virgen siguió su recorrido bajo el eco de las campanas, recibiendo una lluvia de pétalos de rosa y observando el revoloteo de unos pajarillos que describían apretados círculos alrededor de su corona.

¡Y la música! Una música que cada día gana en calida. Una música que no nos sorprendió por la precisión con que interpretaba las marchas procesionales de Abel Moreno, pues dábamos por sentado que ninguna otra música podría recogerlas e interpretarlas con más pasión. Pero si así sonaban las notas de Abel, no fue menor la calidad con que sonaron las de “Los Campanilleros”, que hicieron que la calle de Sevilla marocha nos recordase el paso de la Macarena por la carrera oficial durante la noche sevillana del Jueves Santo.

La Virgen iba con la majestuosidad de una reina, con su manto verde, adornada con el bastón de Alcaldesa de la Villa y su recién estrenado fajín de General y, al mismo tiempo, con la sencillez de una madre, orgullosa del Niño que lleva junto a su pecho.

Un año más la Virgen de Rocamador ha paseado por las calles de Encinasola, pero este año va a ser especial, pues va a permanecer en el pueblo hasta el mes de noviembre y durante el mes de octubre efectuará tres salidas procesionales para así llegar a todos los rincones del pueblo a los que jamás ha visitado.

¡Que no falten hombros para llevarla! No debemos conformarnos con “ir en la procesión”. HAY QUE ARRIMAR EL HOMBRO BAJO EL PASO. Llevar a la Virgen de Rocamador es un gran honor.

Publicado en “El Picón” núm. 29, Octubre 2003